SER MUJER Y LA CULPA.

El mes pasado, me toco recibir una llamada telefónica de una mujer que me llamó un tanto preocupada, no habíamos tenido la oportunidad de conocernos, ella sólo quería hablar con alguien, y después de dos o tres pláticas por teléfono y la oportunidad de que Dios ministrará su corazón, le pedí autorización para poder escribir sobre algo de nuestra charla y ella me dijo que sí, que si eso bendeciría a otras mujeres no tendría problemas con la que yo escribiera sobre nuestra charla.

Ella se sentía realmente mal, era un asunto que la perseguía desde que era chica, su hermano dos años menor que ella había tenido un accidente cuando solo tenía 18 años, y en ese accidente murió, su hermano iba manejando el carro familiar y un hombre en estado de ebriedad se pasó el alto de una semáforo y se estrelló contra su hermano y murió inmediatamente. Este suceso fue una verdadera tragedia familiar, esto realmente afecto a su familia; pero en cuanto a ella su primera sensación fue de culpabilidad, ella siempre se asumió culpable, porque el día del accidente su hermano salió de casa en el carro para ir a comprar un garrafón de agua pero su mamá se lo había pedido primero a ella; pero como estaba ocupada y se negó a ir, su hermano se ofreció a traer el agua.

Después del accidente ella creció mintiéndose terriblemente culpable porque pensaba que si no se hubiera negado a ir pues su hermano seguiría vivo, además de asumir esta culpa, su relación con sus padres cambió porque ella se sentía súper apenada con ellos, sus padres nunca le dijeron nada, nunca la culparon, pero ella pensó que nunca le habían dicho por no discutir, pero cada lío que de ahí en adelante tuvo con ellos, ella asumió que era porque secretamente ellos también creían que era culpable.

Al correr el tiempo, y viviendo siempre con esa culpa, siguió con su vida y ahora ya casada y con hijos, parece que el patrón se repite sobre su vida, cada que algo pasa, por cada accidente o incidente ella se las arregla para sentirse culpable. Desde la gripa de su hijo mayor hasta que el menor no ha aprendido a escribir..

Pasamos un buen tiempo al teléfono tratando de aclarar estos puntos, intenté explicarle por todos lados que el accidente de su hermano no fue su culpa, que no fue ella la que lo provocó, que nunca estuvo a su alcance provocarlo o evitarlo. Ella solo repetía “si yo hubiera ido” “si no me hubiera negado”, “si hubiera obedecido a mi mamá”, “si yo lo hubiera acompañado”, en fin un montón de “hubiera” que nunca sucedieron ni sucederán.

Ahora con su familia, el hubiera también estar presente, “si hubiera sido más cuidadosa”, si le hubiera dado vitaminas”, “si le hubiera colocado un suéter” “si hubiera estudiado algo de psicología infantil” “si fuera más paciente” “si fuera mejor mamá” “si hubiera, si hubiera”… pero no hubo, ni habrá manera de que una persona pueda controlar todos los aspectos que giran a su alrededor, por lo cual no es culpable de todo lo que pasa. Ya estaba yo empezando a creer que esa plática no tendría fin, ni buenos resultados, cuando le pedí a Dios sabiduría para darle una respuesta divina, además déjame decirte que si de por si dar consejo es difícil, pues hacerlo telefónicamente es mucho más complicado. Pero realmente el Espíritu Santo me habló y me mostró que ella estaba viviendo bajo el yugo de la mentira de la culpabilidad que ella había sido como sujetada, atrapada, envuelta en esa mentira y que necesitaba que realmente el poder del Espíritu Santo la hiciera libre, empecé a hablar con ella sobre el poder de la verdad, de la palabra y las cosas mejoraron mucho, le conté lo que Dios me había mostrado en ese momento y poco a poco los “hubiera” iban desapareciendo dado paso a la verdad de Dios. Terminamos quedando en volver a llamarnos y ver como iban las cosas. Después de eso me quedé pensando en esto del sentimiento de culpa y de tanto pensar fui recorriendo mí propia vida, la vida de las mujeres que conozco, algunas que he aconsejado y entendí que históricamente el ser mujer y el sentir culpa son cosas que van de la mano. Es un asunto muy sutil, muy liguero, pareciera que no es cierto, que es una exageración pero estoy segura que más de una vez haz escuchado a una mujer frente a circunstancias tristes, trágicas o accidentales asumir culpas “raras” también entendí que la culpabilidad es el idioma oficial del infierno y que la chamba del diablo es culpar y hacer sentir culpables a los seres humanos y en lo que a las mujeres respecta, somos las primeras en “comprar” la mentira de sentirnos culpables por todo. Y fue allí donde Dios me habló, me mostró primero que yo misma he caído en la mentira, de asumir culpas cuando no me tocan, y es que hay un abismo de diferencias entre sentirse culpable o pasar por un verdadero proceso de arrepentimiento. La culpabilidad viene acompañada de condenación, condenación que entristece, que produce amargura, que puede llevar a la muerte y el arrepentimiento produce libertad, la libertad que Cristo compró en una cruz para nosotras.

El caso de la mujer que te cuento es una historia común, asumió una culpa que no era de ella, se dejo sumir en condenación, creció bajo esa sombra de tristeza, que cada vez era más densa; pero realmente nunca pasó por un verdadero arrepentimiento, y claro es fácil arrepentirse por algo que realmente no hiciste, es más fácil simplemente sentir la culpa (2ª Co. 7:10 por que la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.)

No sé, si puedo expresar lo que Dios me mostró a través de este artículo, pero en esencia entendí que ningún ser humano, en especial las mujeres, no debemos caer en el juego de la culpa ajena, no debemos ir de frente, cada vez que algo sale mal, a colocarnos el título de culpables; tampoco debemos permitir que por patrones o modelos de género se nos culpe por cosas que no dependen de nosotros.

Mira es común escuchar a una madre sentirse culpable si sus hijos hacen algo mal o “salen malos”, es común que un pleito de pareja el marido salga gritando que “todo es culpa de ella”, es común escuchar a una mujer que fue golpeada por su pareja “es que yo tuve la culpa porque la comida no estaba como a él le gusta” o “si ya se que viene enojado, es mi culpa porque lo provoque”.

La voluntad de Dios es que tú y yo vivamos en la libertad que Jesús obtuvo en la cruz para ti y para mí, a precio de sangre (1ª Co. 6:20 porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios); La voluntad de Dios es que el espíritu de verdadero arrepentimiento pose sobre nosotras cada vez que realmente pequemos.

Si eres una de esas mujeres, típicas mujeres, que han vivido cargando culpas ajenas, es momento de saberte libre, libre por Aquél que te amo, libre porque abogado tenemos para con el Padre (1ª Juan 2:1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.

 

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